A Don Chepe no le hubiera gustado mucho ese día para su día especial, el más especial de todos los días, “el único”, según decía. A él le gustaban los días plenos de luz, de sol ardiente, pues así le era más productivo, aunque eso significara recibir una facturación de energía un poco más alta, ya que le tocaba conectar todos los abanicos de la barbería, su negocio.
Pero eso no importaba, también el calor traía sus ventajas. Conocía muy bien a los varones de su pueblo, sabía que cuando estaban cabellones y hacía mucho calor, corrían a peluquearse para quitarse el fastidio del exceso de pelo. Con tanta sofocación era seguro que el cliente se mandaba las cervezas.
Durante cinco años había trabajado su negocio en un pequeño local. Pronto comprendió las ventajas que le ofrecía su trabajo y la importancia que debía darle. Así que en la primera oportunidad se consiguió un local más amplio en la plaza del pueblo.
Al frente de su negocio, al otro lado de la plaza, tenía la parroquia; en la cuadra de la izquierda había almacenes de telas, miscelánea y zapaterías; en la cuadra de la derecha un salón de belleza, una librería y una heladería. En su cuadra y a la izquierda un restaurante y después varios negocios. Seguido a la derecha, una cantina y otros locales.
Su establecimiento consistía en dos salones de 3,50 metros de fondo por 4 metros de largo. Desde la entrada, hacia la derecha estaban las dos sillas de peluquería y un baño; hacia la izquierda el otro salón y un orinal para caballeros. Dos mesas: una con un tapiz de caucho para jugar dominó y evitar así el repique de las fichas, la otra mesa tenía un tablero de damas dibujado en el centro. Este salón se comunicaba con la cantina de al lado por una pequeña ventana detrás de la cortina, por donde se solicitaban las bebidas. El salón de la peluquería se comunicaba a su vez, y en la misma forma, con el restaurante. Una puerta y un tabique de madera y vidrio separaban los dos salones. El frente del negocio era todo de vidrio a partir de 1 metro hacia arriba.
Siendo un hombre tan perspicaz, enseguida visionó el futuro del negocio en ese lugar. Las sillas las ubicaba de espalda hacia la calle, con suficiente separación entre una y otra para que el cliente se sentara de lado, hacia la izquierda o hacia la derecha, enfocara toda la plaza y ubicara su “negocio” fácilmente, sin que nadie de la calle lo viera a él y también pudiera disimular con sus amigos dentro del local, pero no con Don Chepe que se conocía perfectamente esos movimientos.
Así venía funcionando la barbería desde hacia 25 años. Era el pueblo donde vivían los señores que más cuidaban de su cabello y de su bigote, en el mundo. Era el pueblo donde las mujeres jamás protestaban porque su marido o novio pasara dos o tres horas en ese lugar con tanta frecuencia. Y ellos nunca mentían cuando decían que habían estado ahí, pues era costumbre de las compañeras quitar alguna hebra de cabello enredada en la camisa o el pantalón, mientras preparaban sus estrategias del momento para pedirles o convencerlos de algo, en compensación.
En un estante del salón de espera permanecía un juego de dominó, un juego de naipes, uno de ajedrez y una bolsa de checas o tapas para los que quisieran jugar damas. Total, la idea era entretener al cliente mientras verificaba si su “cuento” fue a comprar la tela o los zapatos, arreglarse el cabello o hacer la diligencia pendiente en la casa cural.
No se escuchaba música ahí; sin embargo, de una pared colgaba una vieja guitarra y un par de maracas que la utilizaba a veces algún cliente para amenizar el rato y que por supuesto, era la distracción de Don Chepe al finalizar su jornada de trabajo y con la que cantaba sus canciones favoritas. Una de las cuales, su preferida, era Plegaria Vallenata, del famoso canta-autor Alejandro Duran. Era un avezado guitarrista y extraordinario tomador de licor. No tomaba cervezas, el cantinero ya conocía la consigna, las iba acumulando y luego se las cambiaba por una botella de ron. Licor que ya no le hacía ningún efecto y que tomaba como agua tanto en el negocio como en su casa.
Sí tenía Don Chepe un radiecito donde escuchaba noticias todo el día para mantener informados a sus clientes. Informaba al alcalde de la próxima llegada del gobernador, o de que ya habían consignado la partida para el arreglo de la carretera. Al cura lo informaba de la visita del obispo para los bautizos y confirmaciones colectivas. Al boticario, de los nuevos productos de la farmacopea.
Don Chepe se había convertido en el hombre más popular del pueblo, el amigo de todos y el confidente de muchos. Es increíble cómo un hombre sin moverse de su lugar se convierte en tan singular epicentro. Por todo esto es que a Don Chepe no le hubiera gustado ese día, se veía gris. Era el “veranillo de San Juan” y en ese interregno casi nunca llovía. Pero ahí estaba él, con la serenidad más grande del mundo, frío y tieso en su ataúd.
2
Eran las once de la mañana cuando apareció el sol, esplendoroso, brillante, como le hubiera gustado a Don Chepe. El se merecía ese sol para su último día. Se lo merecía porque él mismo había sido un sol para su pueblo. Era luz cuando le pedían un consejo y el faro que atraía a los náufragos del amor y de los negocios. Se podía jurar que el 70% de las últimas dos generaciones de hijos legítimos, naturales y camuflados debían su existencia a esa luz. Por eso el sol de esa mañana debió ponerlo contento. Y debió estar feliz observando esa muchedumbre de amigos dándole el último adiós, todos con un sobre entre sus mansos.
El dueño de la librería abrió su negocio ese día antes de lo normal para atender la demanda de papel rayado para cartas y sobres aéreos que las personas ya habían agotado en las tiendas de los barrios, tratando de cumplir con la última voluntad del difunto. Voluntad que se había propuesto Don Chepe a raíz de escuchar y cantar cientos de veces su canción preferida “Plegaria Vallenta”.
Pero no sólo preguntaría a su Diosito Santo en qué colegio fue que estudió o por qué no sabía de aritmética, sino que también portaría cartas de todos sus amigos con solicitudes de prosperidad o de perdón. Esa había sido su última voluntad y por eso estaba a su lado su compañero y colega de muchos años recibiendo los sobres de sus amigos.
Ahí venía con su sobre el señor alcalde, con su voluminoso abdomen y su rostro mofletudo adornado con su bigote al estilo mexicano que tantas veces él arregló. Bien que lo conoció Don Chepe, sabía lo "sinvergüenchón" que era, siempre de enamorado, siempre de conquistador. No era muy simpático el hombre, pero tenía la ventaja de su cargo y los pesos que manejaba. Esa estrategia le dio resultados con algunas damas, pero fueron muchas las que le dieron “muela” de la buena y nunca le soltaron prenda alguna. Pero él no se preocupaba por eso, pues esos gastos los camuflaba como gastos de representación o se recortaban de algún presupuesto. Contaba, además, con la colaboración de la bonachona de su mujer, que también pasaba mucho tiempo en asuntos de la parroquia y canastas sociales.
Pero no sólo preguntaría a su Diosito Santo en qué colegio fue que estudió o por qué no sabía de aritmética, sino que también portaría cartas de todos sus amigos con solicitudes de prosperidad o de perdón. Esa había sido su última voluntad y por eso estaba a su lado su compañero y colega de muchos años recibiendo los sobres de sus amigos.
Ahí venía con su sobre el señor alcalde, con su voluminoso abdomen y su rostro mofletudo adornado con su bigote al estilo mexicano que tantas veces él arregló. Bien que lo conoció Don Chepe, sabía lo "sinvergüenchón" que era, siempre de enamorado, siempre de conquistador. No era muy simpático el hombre, pero tenía la ventaja de su cargo y los pesos que manejaba. Esa estrategia le dio resultados con algunas damas, pero fueron muchas las que le dieron “muela” de la buena y nunca le soltaron prenda alguna. Pero él no se preocupaba por eso, pues esos gastos los camuflaba como gastos de representación o se recortaban de algún presupuesto. Contaba, además, con la colaboración de la bonachona de su mujer, que también pasaba mucho tiempo en asuntos de la parroquia y canastas sociales.
Ahora se acercaba el boticario con su sobre, arrastrando su humanidad con tanta languidez como si quisiera cambiar de lugar con el muerto. Realmente el sol estaba pleno porque la calva le brillaba esplendorosamente. Había llegado al pueblo lleno de esperanzas, lleno de entusiasmo y lleno de mercancías. Nunca habían visto en el pueblo que un negocio abriera sus puertas tan colmado de mercancías. Parecía querer tener existencias para varios años. Pero nunca se le dio por visitar al encargado del cementerio para saber cuántas personas morían ahí al mes o al año. Al poco tiempo se dio cuenta que se había equivocado de pueblo, pues ese era el más sano del mundo, donde si alguien moría era de tanto reírse, o sea, de viejo.
Era el turno de la directora de la escuela y su sobre. Su esposo también era maestro, trabajaba en otro pueblo y la visitaba los fines de semana. La maestra muchas veces se quedaba en la escuela con el profesor de educación física, analizando los “pormenores” del próximo evento social.
Se acercó ahora la hermana del cura con su sobre. Llegó al pueblo con su hermano, el sacerdote, cuando éste fue trasladado ahí. Vivía en la casa cural al lado de la parroquia y dedicaba todos los días de su vida, menos los miércoles, a mantener estas casas impecables. Tenía una figura aceptable. Un día en que el cura amaneció indispuesto, el boticario llegó con unas sales efervescentes y la encontró encaramada en una escalera sacudiéndole un polvo a San Antonio, al que tenía bastante reluciente. Ella se asustó con el saludo del boticario, perdió el equilibrio y cayó en los brazos de él. Casi se desmaya, no por el susto de la caída, sino por verse y sentirse en los brazos de un hombre real, aunque fuera el boticario. Lo más cerca que había estado de un varón era cuando pedía al oído de San Antonio que escuchara sus súplicas. Y a lo mejor lo tenía aburrido con la misma cantaleta pues se lo envió así ¡Ras prun! a sus propios pies, como para que nunca olvidara que ese era un milagro.
Se acercó ahora la hermana del cura con su sobre. Llegó al pueblo con su hermano, el sacerdote, cuando éste fue trasladado ahí. Vivía en la casa cural al lado de la parroquia y dedicaba todos los días de su vida, menos los miércoles, a mantener estas casas impecables. Tenía una figura aceptable. Un día en que el cura amaneció indispuesto, el boticario llegó con unas sales efervescentes y la encontró encaramada en una escalera sacudiéndole un polvo a San Antonio, al que tenía bastante reluciente. Ella se asustó con el saludo del boticario, perdió el equilibrio y cayó en los brazos de él. Casi se desmaya, no por el susto de la caída, sino por verse y sentirse en los brazos de un hombre real, aunque fuera el boticario. Lo más cerca que había estado de un varón era cuando pedía al oído de San Antonio que escuchara sus súplicas. Y a lo mejor lo tenía aburrido con la misma cantaleta pues se lo envió así ¡Ras prun! a sus propios pies, como para que nunca olvidara que ese era un milagro.
Desde entonces visitaba la farmacia del boticario todos los miércoles de 12M a 2PM. Hora en que la mayoría de los negocios cerraban para irse a almorzar y los que no, hacían sus siestecitas. Ella llegaba y le aseaba los estantes y luego iban a la trastienda a reorganizar el inventario. Don Chepe sabía que esas visitas las hacía la chica lloviera, tronara o relampagueara.
Así, uno tras otro fueron desfilando numerosas personas. También llegó Anselmo, el vendedor de tintos y Tirso, el vendedor de cocá. Eran tan viejos en sus oficios como Don Chepe en el suyo. Estos vendedores ambulantes eran muy populares y él los usaba de mensajeros para los recados de sus clientes.
Un personaje que no se acercó al féretro ni llevó sobre fue el sepulturero. Era un tipo huraño y de pocos o ningún amigo. Vivía solo en una caseta dentro del cementerio. Nadie daba razón de cuándo y cómo apareció, pero hacía años que la alcaldía cancelaba sus servicios. Don Chepe no se hubiera inquietado por eso, al fin y al cabo dentro de unos minutos sería el encargado de darle… el último empujón.
A la hora indicada se inició el sepelio. Don Chepe era alto y de unos 85 kilogramos de peso. Sin embargo, pesaba más que un muerto normal debido a que el ataúd iba repleto de cartas con destino al más allá. Del cadáver sólo quedaba visible la cabeza.
Nunca ningún servicio de aeromensajería había transportado tanta correspondencia para un mismo destinatario en un solo viaje ¡y gratis!
3
Parecía como si el astro rey emulara al faro del pueblo que se había apagado. Tan pronto se selló la tumba, una gigantesca nube negra lo fue cubriendo todo poco a poco, amenazando con un fuerte aguacero. Todos los asistentes se apresuraron a abandonar el cementerio y dirigirse a sus casas.
«Pueblo chico infierno grande» Esa era una gran verdad para cualquier otro pueblo, menos en éste. Aquí todo el mundo conocía del “cuento” de todo el mundo, pero sin comentarios. Era la clave para vivir tan saludablemente y en paz. Aquí parecía prohibido coger rabia. Por eso había fracasado el boticario.
El pueblo continuó con su vida, cada quien en lo suyo. Pero varios meses después alguien quiso despejar una duda al oído de otra persona. Y así de oreja en oreja, la inquietud se fue extendiendo y tomando cuerpo y se convirtió en la comidilla del pueblo: ¿Quién metió en el ataúd de Don Chepe, un sobre de color azul y en qué momento lo hizo? ¿Cuál era el objetivo de tanta distinción? ¿Por qué no utilizaron el tradicional de color blanco con rayitas azul y roja?
Los días fueron pasando y el cuento del sobre azul fue tomando vuelo y ya causaba escozor en algunas personas, tanto que un grupo no se aguantó y aprovecharon que el alcalde estaba por la plaza y le
plantearon la situación.
-Sucede, señor alcalde ¡que esa persona quiso pasar por encima de todos y eso no está bien!- Comentó uno de ellos.
-Aquí en este pueblo vivimos personas sencillas- Apoyaba otro-
Todos imaginamos el tenor de esas cartas: algunas modestas peticiones y uno que otro ruego para que se perdonaran algunos “pecadillos” de nuestro cotidiano vivir ¡Pero eso no ameritaba utilizar un sobre con tal distinción!
-Pero yo no veo motivo de discordia por eso. De pronto la persona pedía el premio gordo de la lotería de la capital- Contestó el alcalde.
-¡O tal vez confesaba un crimen y pedía perdón!- Sugirió alguien.
-Definitivamente no le veo ningún sentido a esto. Olvídenlo y váyanse para sus casas- dijo el alcalde.
-¡Practiquemos una exhumación! Le gritaron.
-¡No, no! Eso es algo muy delicado, y además, faltaríamos el respeto a la memoria de Don Chepe.
Con ese argumento del alcalde se calmaron los ánimos y se disolvió la reunión.
El tiempo transcurría y la inquietud continuaba. Se barajaban nombres y se les escudriñaba las razones en pro y en contra y se volvía a barajar.
Al igual que los señores, las señoras del pueblo eran concientes de los “pecadillos” confesados en esas cartas, pero nadie decía nada directamente. Ese asunto era como un teorema Booleano: A y B hablan de C, B y C hablan de A y A y C hablan de B, pero nunca hablan entre A, B y C. O como mejor lo hubiera definido Don Chepe: “Todos juntos, pero no revueltos”.
De esa manera habían ido decantando el asunto ¿Entonces, quién pudo ser? Definitivamente había un grupo de personas descartadas porque fueron las primeras y todos los asistentes los vieron depositar sus sobres: el alcalde, la maestra, el boticario, la hermana del cura y los vendedores de tinto y cocá.
Restaba un grupo muy numeroso pero de entre ellos había dos posibles infractores: el colega de Don Chepe y el cura.
Se exacerbaron los ánimos y no quedó quien no conjeturara al respecto. Una comisión de inconformes cruzó la plaza en dirección a la librería.
-A la orden, señores ¿En qué puedo serviles?- Dijo el propietario que se adelantó a la empleada un poco asustado.
-Queremos que nos muestre los sobres que usted vende aquí y también queremos saber si el día que murió Don Chepe usted vendió un sobre azul.
-Ese día no vendí ningún sobre azul y los únicos sobres que siempre he vendido son los blancos cuadrados o rectangulares y los de manila- Contestó el tipo con disgusto pues ya tenía conocimientos de las consejas que circulaban.
En la puerta de la librería se había aglomerado un buen número de personas.
-¡Ey! ¿Qué sucede aquí, cuál es el problema?- preguntaban algunos.
-Están averiguando lo del sobre azul- contestaban otros.
Ya en la calle el de la vocería dijo:
-¡Síganme los buenos ciudadanos! Aclararemos esto hoy mismo.
Y cruzaron la plaza en diagonal y en dirección a la barbería. Sebastián, como se llamaba el socio de Don Chepe, los vio acercarse e impasible continuó en su silla. El vocero fue a la carga.
-OK. Sebastián. Dinos por qué nos hiciste eso.
-¿Qué fue lo que yo hice?- Contestó Sebastián despreocupadamente.
-¡Meter el sobre azul!- Gritó Alguien.
-Yo no metí ningún sobre. Ni azul ni de ningún color- Respondió el peluquero disgustado.
-Don Chepe te dejó el negocio ¿Entonces qué solicitabas…acaso te interesa la viuda?- Exclamó uno más.
Como impulsado por un resorte Sebastián se levantó de la silla. Por primera vez en el pueblo veían públicamente a un tipo iracundo. Caminó hacia el tipo y lo encaró.
-¡Óyeme bien, desgraciado! En primer lugar, Don Chepe y yo siempre fuimos socios en el negocio; en segundo lugar, después de vivir 12 horas diarias durante 20 años junto a él, no tenía para qué pedirle nada. Y por último, el próximo Viernes Santos tendrás que confesarte tres veces, porque si Don Chepe trae una desgracia a este pueblo es culpa tuya, por haberle ofendido a su viuda.
Se oyeron murmullos que desaprobaban lo que dijo el tipo. Avergonzados salieron de la barbería y cruzaron en dirección a la parroquia. El tumulto ya era toda una manifestación. El cura se había dado cuenta del asunto en la barbería y como sospechaba de qué se trataba, por las murmuraciones que hasta él habían llegado, decidió salirles al frente cuando los vio dirigirse hacia allá.
-Muy buenas, hermanos. ¿A qué se debe esta manifestación?
-Señor cura- inició el vocero- Nos queda una última persona por indagar con respecto al asunto ese del sobre azul. Díganos ¿Fue usted el que metió el sobre azul?
El cura no pudo responder porque en ese momento llegó el alcalde y los espetó:
-¡Bueno señores, ya basta de estar haciendo de investigadores, no voy a permitir que falten el respeto al señor cura! ¡Qué quieren! ¿Ganarse una excomunión?
Con semejante amenaza se fueron retirando y murmurando. Todos, alguna vez cuando niño, dejamos caer una piedra en un estanque para ver cómo se extendían las pequeñas olas. Así se fue extendiendo el murmullo de la fallida entrevista con el cura, primero por toda la plaza y luego por todos los barrios.
Eran muchos los comentarios que se tejían al respecto:
-“Esos sobres de color deben ser para la correspondencia interna de la curia”- comentaban por ahí.
-“Nadie lo vio hacerlo, pero pudo enviarlo con la hermana”. Dijeron por acá.
-“¿Qué podía pedir el cura, un nombramiento de arzobispo o de cardenal? ¿Acaso esperaba que Don Chepe le ayudaría en un papado?”- Decía aquel.
-“A lo mejor también pedía perdón por sus ‘pecadillos’. Son muchas las damas que pasan metidas allá y siempre citaba a una sola los miércoles al mediodía, dizque para finiquitar el programa del fin de semana”. Expresaba el otro.
-“Calla esa lengua muchacho y lávate la boca que te vas a condenar”- Susurró una señora.
4
Pasaron las hojas del calendario y el pueblo había cambiado. Esa alegría y camaradería se había ido, mucho daño hizo tantas indagaciones y suposiciones. Eran secuelas del asunto aquel del sobre azul que ya prácticamente era un triste recuerdo.
La hermana del cura se había casado con el boticario en una ceremonia muy íntima.
El cura fue trasladado a la capital del país, hacía seis meses, justo después de casar a la hermana.
Anselmo y Tirso se asociaron y compraron el restaurante de la plaza, ampliándolo con comidas rápidas.
La maestra consiguió la autorización para ampliar su escuela hasta la secundaria. Su esposo regresó a trabajar con ella.
El alcalde ganó los últimos comicios y ahora ocupaba una curul en la asamblea. Visitaba a los demás municipios pues tenía aspiraciones más altas. Sólo le preocupaba una espinita que no había resuelto: un asunto de paternidad responsable en el pueblo, por lo que la mujer, que no tenía hijos con él, le pedía el divorcio pues quería irse a vivir a la capital.
Desde la muerte de Don Chepe, Sebastián iba todas las noches a la casa de la viuda a rendir cuentas del negocio y a ponerse a las órdenes de ella. Cuatro años después decidieron unir sus vidas y sus negocios. Ampliaron y modernizaron la barbería. Ahora era un salón de belleza unisex. Ellos lo administraban y tenían cinco empleadas. La pareja había hecho las diligencias correspondientes para que cuando Don Chepe cumpliera los cinco años sacar sus restos y guardarlos en un nicho. Debido al asunto aquel de las cartas, que fue voluntad de Don Chepe, ellos se vieron obligados a divulgar dicho acontecimiento. En treinta días se cumpliría la ceremonia.
En ese mes se volvieron agitar las murmuraciones de aquella vez. Todo el mundo trataba de encontrar explicaciones a los acontecimientos de los últimos años.
-“Se da cuenta comadre. Yo lo decía. Ese trabajito de la hermana del cura con el boticario al mediodía y solos, jumm… no se lo creía ni ella misma. Menos mal que se casó ¡Eso fue obra de Don Chepe!”
-“Puede usted entender eso compa. El Anselmo y el Tirso no se han ganado ninguna lotería y mire cipote negocio que han montado ¡Se ve que Don Chepe metió mano ahí!”
-“Qué opinas tú, esta niña. Mira que el señor cura se fue y ahora varias de esas viejas respingadas que pasaban metidas allá andan adoloridas, entre ellas la mujer del exalcalde. Imagínate que le ha pedido el divorcio al marido porque se va para la capital ¿Qué va hacer allá, a quién va a buscar? ¡Ah! Parece que Don Chepe desarregla por un lado y arregla por el otro”
-“¡Ay! mi querida amiga. Cuánto siento lo que te sucede con tu marido. Es que el exalcalde era un sinvergüenza de primera. Eso se la pasaba correteando a las secretarias y a muchas señoras. Como si lohubiera picado una Machaca. Pero no te preocupes, que a lo mejor Don Chepe te tiene algo guardado, aunque tú no metiste sobre.”
Nuevamente el pueblo estaba agitado, pero el consenso era unánime: Don Chepe había cumplido con el encargo de todos los que metieron sobres en su ataúd. Ya se le consideraba y veneraba como el Hermes del pueblo.
El día señalado el cementerio era un hervidero, o mejor, un hormiguero, pues había gente en todos los espacios libres y sobre las tumbas, haciendo todo lo posible por llegar lo más cerca de la tumba de Don Chepe. Llegó más gente que el día del sepelio. Muchos llegaron desde muy temprano para asegurar un puesto frente a ella.
Había un interrogante generalizado en la mente de los presentes y era la razón principal para estar ahí:
¿Qué pudo pasar con los sobres? ¿También se los comería el gusano? ¿Estarían ahí aún? Y si estaban ahí…
-!Oh, no! ¡Que nadie vaya a leer mi sobre!- Gritó alguien como a diez metros de la tumba.
La barahúnda fue total. Unos empujaban hacia un lado y los otros empujaban en sentido contrario.
Todos queriendo acercarse más. El exalcalde no soportó más tanto alboroto, se subió sobre la tumba, extendió los brazos y gritó:
-¡Silencio, carajo! ¡Cálmense todos! ¡Qué pretenden, desbaratar el cementerio! ¡Si hay sobres en buen estado nadie los va a abrir! ¡Todos serán quemados!
-¡El azul no, el azul no! ¡Tenemos derecho a saber qué pedían ahí! Gritó alguien.
-¡Así es! ¡Que se lea! ¡Que se lea! Tronaba la multitud.
¡Silenciooo!- Tronó a su vez el exalcalde- ¡Eso no se puede hacer, violar la correspondencia es un delito y al primero que proceda lo mando a la “guandoca”!
Con gran esfuerzo pudo el exalcalde controlar los ánimos de la multitud que sin embargo permaneció expectante. Se procedió a abrir la tumba y extrajeron el féretro que salió intacto. Cuando se levantó la tapa del ataúd la viuda lanzó un gran suspiro, se tapó la boca y se desmayó. Sebastián ni siquiera se dio cuenta que su mujer rodó por el piso. En verdad nadie se percató de lo que le pasaba a la viuda, todos miraban el ataúd. El exalcalde comentó en voz alta.
-No hay nada. Está igual-
Ahora si se armó Troya. Los que no alcanzaban a ver preguntaban qué sucedía y los que veían contestaban pero nadie les oía. En el paroxismo del tira y jala, el exalcalde sacó su arma e hizo dos tiros al aire. En un pueblo tan pacífico como ese, los tiros produjeron una parálisis instantánea.
Sebastián aprovechó para levantar a su mujer. El exalcalde se subió otra vez sobre la tumba.
-¡Pueblo! ¡Pongan atención! Lo que sucede es que los sobres desaparecieron, no hay rastro de ellos pero…
-¡Profanación! ¡Profanación! -Gritaron por allá.
-¡Ese fue el cura y el sepulturero, por eso se largaron del pueblo! Gritó otro.
Nuevamente el alboroto. Otro tiro al aire y se calmaron.
-¡Cálmense! Gritaba el exalcalde- Eso no tiene importancia ahora…
-¡Sí la tiene! ¿Entonces por qué se robaron los sobres?
Otro agite pero se contuvieron al ver el arma en el aire. El exalcalde explicaba.
-Hay algo más interesante y es que el cadáver de Don Chepe está intacto, como el día que lo enterramos y…
-¡Milagro! ¡Milagro! –se escuchó alrededor.
¡Don Chepe es un Santo! – Gritaron en coro.
El exalcalde no supo en que momento cayó de la tumba. Él, la viuda y su marido, la maestra, el boticario y su mujer, Anselmo y Tirso, todos ellos, magullados y adoloridos, observaban desde la tumba abierta cómo una marea de brazos hacía flotar el ataúd junto con Don Chepe. Ya cruzaban la puerta del cementerio rumbo a la parroquia.
FIN
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